Asomándonos a la Revolución Cubana de Internet Hecha por los Propios Cubanos

El Centro Habana es un mal residuo de un pueblo Potemkin, que el Gobierno ha renovado para el consumo turístico. Justo al oeste de la pintoresca Habana Vieja y al este del moderno Vedado, donde entre montones de escombros de edificios derrumbados o basura apilada uno se topa con edificios de época colonial reducidos al esqueleto. Entreabra los ojos, y en algunos bloques tendrá la impresión de encontrarse en una ciudad postapocalíptica en lugar de en Cuba. Incluso el taxista se pierde en esta parte olvidada de la ciudad y me deja a varios bloques de mi destino, obligándome a caminar por las calles tórridas con mi aplicación de mapas abierta y sin cobertura.

Tratando de aclararme con la numeración, observo un cartel pintado a mano sobre una puerta desvencijada anunciándose como la sede de la sección local del CDR. La característica insignia de la organización con un patriota vestido de bandera cubana levantando un machete a la huelga, blasonado con el lema: Con la guardia en alto.

Este producto único de la revolución cubana vale la pena el desvío. El CDR (Comité de Defensa de la Revolución) Robespierana en nombre y función sirve como una red nacional de informantes y agentes de control de la población desde cada balcón y terraza. ¿Convocar a un grupo de intelectuales a discutir política disidente, o incluso a los piratas informáticos para discutir un proyecto de código abierto? Usted tendrá un agente uniformado del MININT (Ministerio del Interior de la República de Cuba, encargado de la aplicación de la ley) llamando a su puerta, cortesía del espionaje de su vecino. Increíblemente, el gobierno realmente ha levantado un Museo del CDR en La Habana Vieja para conmemorar la obra de la red de ratas, chivatos locales, que le han ayudado a mantenerse en el poder.

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Se necesitarían más de 2.400 horas-persona de descarga constante para almacenar el terabyte de datos que van en un solo paquete semanal.

Finalmente averigúo dónde demonios estoy y descubro que mi destino es un edificio de dos pisos incongruentemente ordenado, bien pintado que para cambiar no parece que acaba de ser golpeado con un obús de artillería. Llamo, y mi contacto, Yuri, abre la puerta y me deja entrar a una amplia habitación al frente, vacía excepto por un chico en camiseta sin mangas, cubierto de sudor, con aspecto fatigado, sentado en una silla solitaria. Inusualmente para los cubanos siempre sociables, Yuri no me presenta y continúa a la parte trasera de la casa. Las paredes desnudas y la ausencia casi total de muebles dan al lugar la sensación de una casa de acogida.

Al llegar a un salón sin ventanas, veo la razón d’être de esta operación: un equipo de ordenador de gran torre, del calibre que sólo jugones empedernidos mantienen en los Estados Unidos. La cubierta está quitada, los cables serpentean hacia fuera hacia baldas erizadas con discos duros externos y dos monitores muestran lo que parece ser un sofisticado software de gestión de archivos. Es la fuente de uno de los paquetes de Cuba, una conexión vital con el mundo exterior.

Lo que Yuri y sus competidores y conspiradores hacen es estrictamente ilegal, alegal es la palabra cubana preferida para esto: alegal—pero no tan alegal que yo no podría descubrir a Yuri a través de algunas investigaciones discretas a conocidos en la pequeña comunidad tecnológica de La Habana. Mis fuentes me dicen que hay una media docena de paqueteros con distribución a nivel nacional, la mayoría de los cuales por lo general evitan reporteros y autopromoción. (Los paquetes se venden ellos mismos). Pero Yuri, que dice que recientemente se separó de sus socios de una operación importante de paquetes y decidió establecerse por su cuenta, estaba abierto al diálogo. Después de unas cuantas llamadas telefónicas y una rápida presentación y darnos a conocer mutuamente , Yuri me introduce a su flujo de trabajo, rápida y hábilmente saltando alrededor de la estructura del archivo de envío de los medios de comunicación de esta semana. Con unas pulsaciones de teclas y clics en diferentes ventanas emergentes, copia un archivo nuevo en el paquete en curso, organiza el contenido en una estructura de directorios estándar y ordenado. Películas clásicas, videos interesantes y variados, (en su mayoría robados de YouTube), deportes semanales (todo desde NHL a Fórmula Uno e incluso e-sports) y por supuesto las importantísimas telenovelas.

Le pregunté si algo del contenido es físicamente contrabando de Miami, y él lo niega, afirmando que sería demasiado caro; en cualquier caso, aduanas pillaría la mayor parte de éllo.

“Pero, ¿entonces cómo descarga tal cantidad de datos?” Pregunto, algo espantado por el volumen semanal de la producción global de internet que se acumula en esta trastienda oscura. Señala un montón de tarjetas verdes de raspar ETECSA junto a su monitor y afirma que paga a gente, entre ellas un miembro de la familia, para sentarse en los parques públicos con Wifi y descargar contenido durante cinco horas al día. Eso es lo que el hombre sudoroso en la sala delantera era, evidentemente, acababa de volver de un día largo y caluroso de la descarga.

Hago los cálculos mentales. Una estimación encuentro que los puntos de red Wifi abierta de ETECSA tienen un ancho de banda de 1 megabit por segundo. Incluso suponiendo que esto es cierto, y suponiendo que Yuri y sus empleados llegan a chupar todo ese ancho de banda al sentarse en los parques públicos en horas intempestivas, todavía se necesitarían más de 2.400 horas/persona de descarga constante para capturar el terabyte de los datos que van en un solo paquete semanal. Esto parece al menos improbable. Lo que parece más probable es que Yuri esté mintiendo, de la manera que muchos cubanos mienten sobre cómo se las arreglan para sobrevivir. Tal vez está pagando a alguien con internet rápido—un administrador de red en algún ministerio, un trabajador en un hotel que tiene acceso al caro internet comercial—para descargarle grandes porciones del paquete. Pero él lo niega.

La parte del negocio de distribución del paquete es relativamente simple y se asemejaría al tráfico de drogas. Yuri vende su copia maestra a un distribuidor en cada provincia, que luego revende a distribuidores regionales en Cienfuegos, Santiago de Cuba, Pinar del Río y otras partes y finalmente al tipo en la calle. Así esos datos sobre ruedas irradian hacia fuera desde ese salón trasero a todos los rincones de Cuba, y un río de monedas y billetes gotea de vuelta, formando un eventual torrente, la típica alquimia de internet bit-por-dinero acaba por convertirse en física.

¿Y la parte del gobierno en todo esto? Mientras que inicialmente hostil, los paqueteros y las autoridades han llegado a un acuerdo negociado, un lado estando de acuerdo en la prohibición de todo el contenido político y religioso y el otro monitoreando la salida de información pero sobre todo y fundamentalmente tomando una actitud poco característica de laissez-faire. Los cubanos están en su tercera generación creciendo bajo el peso sofocante de un gobierno que todo-lo-ve y todo-lo-sabe y muchos de ellos reflexivamente evitan cualquier tema de conversación o medios de consumo que huelan a disidencia política. Los paqueteros canalizan ese impulso subconsciente y cumplen y se adaptan al control total del gobierno de los medios de comunicación. Resolver gana a complicado en esta ronda. Casi siempre lo hace. Especialmente cuando hay dinero real a ganar.

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